miércoles, 9 de mayo de 2012

Historia inacabada.

Somos dos extraños vagando por un lugar conocido. Solo nuestras miradas se hablan en el eterno silencio de la ignorancia. Nuestros pasos nos llevan a metas diferentes, aunque si quisiéramos podríamos cambiarlas y dejar que se entrelazaran. Será algo difícil pues no queda tiempo en nuestra larga vida. Es hora de cerrar la puerta y ahí estamos, a unos metros en el centro del pasillo. Arriesgarlo todo sin poder perder nada o resignarnos a vivir la vida que la sociedad nos instiga. El tiempo no se detiene aunque por unos segundos, cuando hablamos ahogando nuestras voces en lo más profundo de la mente, parece ralentizarse.
Algo gira sin parar en el aire. Tan solo tiene que detenerse en el suelo y sabremos lo que nos deparará el destino...

miércoles, 21 de marzo de 2012

Dioses.

Un delicado movimiento de muñeca hizo que la fragancia se escapase. Como los vientos céfiros que traen las suaves brisas primaverales, aquel olor se extendió a su alrededor, inundó y movió sus cabellos, rozó su piel, la acarició. Ascendía en espiral por su brazo desnudo y pálido, ella mantenía cerrados los ojos, paciente y serena se dejaba atrapar. Céfiro ascendía, conquistaba, amaba. Sin dificultad y con dulzura llegó a su corta cabellera rizada y se enredó en ella. Jugaba con cada mechón, cada rizo. Se bifurcó a la altura de su nuca; una seguía enredándose en la suavidad de las ondas y otro descendía cuidadosamente por el abismo de su espalda. Como caricias, recorrían la piel de la muchacha. Su pelo despeinado, divertido, alocado se despedía del anemoi mas suave de todos que se acercaba lentamente a su mejilla derecha. El roce con la oreja hizo que ladease la cabeza, pero él decidido y cuidadoso continuó su camino. Ella aún tenía aquel pequeño frasco de cristal, del que emergía la pasión y los recuerdos, entre sus manos; se dejaba, se enamoraba. Él seguía conquistando terreno. Mientras, la luz del ventanal abierto se reflejaba en las paredes blancas para, finalmente terminar ahogándose en el edredón del mismo color que rodeaba a la joven, que, sentada en el centro, se cubría su pecho con él. Estaba tan abstraída del mundo que pudo notar las manos de su amado deslizarse desde sus hombros hasta sus manos. Abrazarla, besar su cuello, su espalda. Su fragancia y su fantasía la llevaron a un mundo irreal, fantástico. Sus dedos revoloteaban por los brazos marcados por el rastro del Dios. Su pecho desnudo se apoyaba en su espalda y unos labios atrevidos, sinceros, cariñosos besaban con pasión justo bajo la oreja dejando que la fragancia, esta vez de ella, inundase sus pulmones. Respiraba con ansia, los cuatro hermanos, Céfiro, Bóreas, Euro y Noto, se unen, hacen amar con la mayor dulzura y frialdad, con el poder de una tormenta.




sábado, 4 de febrero de 2012

Cardenales.

Un espejo reflejaba la figura de una joven con el cabello largo, rizado y oscuro, con la mirada fija en un punto del cristal, ella misma se perdía en la grandeza de sus ojos color chocolate. Estaba sentada frente a su tocador, a su alrededor su ropa estaba desperdigada por el suelo.
Las cortinas blancas filtraban los últimos y anaranjados rayos del sol. Era sábado. Otro más que la dejaban tirada. Sola, sin amigos, sin cariño, sin amor, sin inocencia, sin vida... Llena de mil y un cosas por ofrecer y vacía completamente de unos sentimientos a los que antes no les habia dado importancia. Lo habia perdido todo ya hace tiempo, pero la vida, pocos meses atras la dio una nueva oportunidad, pequeña ahora, grande algun dia futuro. Sin embargo, por mucho que le gustase no era capaz a llenar ese vacío. Es una chica impaciente. Quiere cambiar, salir de ese lugar repleto de malos recuerdos e ir sin rumbo, apostarlo todo por esta nueva oportunidad que el destino le da. Sabe que no se va a equivocar, pero el tiempo no pasa, todo sigue igual. El mundo se le cae encima y todo ese peso se deja ver en las lágrimas que inundan su rostro. No intenta contener la rabia, el dolor. Con un repentino movimiento de brazos arroja todo lo que se encontraba encima del tocador que va a parar al suelo de su habitación. Un fuerte golpe con los puños sobre la mesa retumba entre las cuatro paredes. Se derrumba sobre sus desnudos brazos, en los que van apareciendo moratones. Esconde su cara y deja que el pelo haga lo mismo con su espalda. Un beso equivocado, una pelea, amigos que ahora son desconocidos, hipocresía, odio, decisiones...
Un nuevo estruendo inunda la sala, esta vez un crujido proveniente del gran espejo. La sangre se derrama por su brazo y el pequeño tocador blanco, poco a poco, va cambiando de color.
Su rostro esta empapado y su cuerpo lleno de cardenales. No quiere seguir asi, no puede mas, ha dejado de luchar. Intenta ver de nuevo su reflejo en aquel destrozado espejo.
La sangre se derrama sobre sus piernas, poco después ya sin fuerzas deja caer de su mano derecha un trozo de cristal para, finalmente caer tendida sobre la alfombra.

Era una chica alegre, soñadora  y altruista, con más problemas de los que se merecía.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Diciembre.

Ese olor tan especial inundaba toda la sala. Cuerpos desnudos abrigados por la fragancia descansan sobre el colchón.
Un lento movimiento hace que pueda perderme de nuevo en la oscuridad de tus ojos. Tienes pintada esa sonrisa que te caracteriza. Un suspiro se escapa de mi boca. Odias que juegue con tu pelo, pero me gusta tentar a la suerte. Deslizo mis finos dedos por cada mechón, lentamente, con cariño. De pronto ya no tengo nada en mis manos y un suave beso aparece. Tus labios se mueven de forma acompasada por todo el brazo. Sin prisa, pero sin pausa. Un cosquilleo recorre todo mi cuerpo mientras tus manos se van apoderando poco a poco de mi. Acarician mi espalda desnuda, me acercas a ti. Cuerpo contra cuerpo. Tus labios ya dejan atras mi brazo, ahora buscan otro juego y van camino a mi cuello.
Diciembre. En la calle poco mas de seis grados. Luces de navidad adornan las farolas y los arboles. Bufandas, guantes y gorros abrigan a las personas que disfrutan del ambiente navideño.
Sólo una  fina sabana y el calor del otro les cubre. Besos, caricias, miradas y silencio. Un silencio cálido, lleno de energía, de valor, de sentimiento.

-Me encantas.


Fue lo único que rompió la serenidad del silencio.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Bailar en la oscuridad.

Oscuridad como una noche sin estrellas ni luna que la domine. Nocturne Op.2 Np.2, Chopin. Comienza a sonar y un haz de luz ilumina un punto fijo en la negrura.
Se sostiene sobre una sola pierna, como una muñeca en una caja de música. Su vestido es azul, como el cielo en pleno agosto. Es una falda voluminosa que se ajusta a su pequeña figura estilizada a la altura de la cintura. Soledad. Soledad que se refleja en los motivos blancos sobre el color de la amistad. Sus brazos, arqueados parecen estar colgando de finos y transparentes hilos, similar a una marioneta que se deja mover por su creador. Desprende seriedad, tristeza, dulzura... Sus ojos, grandes y oscuros, como la habitación, están inmóviles. El maquillaje los rodea; negro, azul y blanco; odio, amistad, vacío.
Gira. Danza cual pluma impulsada por un soplo de aire. Flota, tranquila e inmersa en su pasión, en su pasado, en su futuro... Salta, acaricia la melodía. Inunda la oscura sala con sus movimientos.
Una lágrima se precipita desde el abismo oscuro de sus ojos, deja su rastro y se va. Su vestido ya es mas claro que al comienzo.
La tenue luz que la persigue guía a esas miradas que observan atónitas el potencial de la joven. La melodía es más intensa, más apasionada. Sus ojos inundados de recuerdos, de sentimientos, dificultan la visión, pero ella sigue en pie. Baila más rápido, dejando que la melodía marque el ritmo de sus movimientos y que la impulse en cada paso, en cada giro, en cada salto. Aún así, con la firmeza de sus actos, sigue pareciendo una dulce muñeca.
Un último salto, grandioso, perfecto, decidido; gira, va dejando que el tranquilo final la invada.
Un blanco radiante contrasta con el negro de las paredes.  Está inclinada hacia adelante, con su pierna derecha ligeramente estirada. Encogida, su rostro permanece empapado de momentos y su vestido, de soledad.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Rojo pasión.

Pequeños y finos copos de nieve caían sobre la ciudad. Estaba impaciente, pero no se movía. Los escasos minutos de espera le parecieron horas. Juntos de nuevo. El vaho se abría paso entre cada beso. Tímidas sonrisas se dejaban ver mientras sus frias narices se apoyaban la una en la otra. Las solitarias manos investigan, dejandose llevar por el calor que irradia el cuerpo del otro. Se enredan en el pelo, en los dedos, acercan a su oponente para no separarse; buscan lo que llevan tiempo extrañando. La gente camina sin percatarse de la presencia de los jovenes. Algunos que están sentados los miran con una mueca de felicidad en su rostro mientras recuerdan algun momento en el que ellos fueron los protagonistas de esta historia. El frio inunda este momento, iluminado a su vez por miles de luces que adornan las calles de la ciudad. Manteniendo la calma que le acompañaba hace unos minutos, saca una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta. Posan los ojos sobre ella. Es de un rojo muy fuerte, apasionado, que contrasta con el azul marino de los abrigos. Las manos le acercan el pequeño regalo mientras sus ojos están atentos a su reacción. Tímidas aceptan el trato, la sostiene. Levanta la vista y se pierde en su mirada, sonríe. Rápidamente se concentra de nuevo en el pequeño cofre y con cuidado lo abre. No lo entiende, está vacío. Era la reacción que él se esperaba. Vuelve a mirar sus oscuros y grandes ojos con un gesto de inquietud. Se escapa una pequeña sonrisa. Ella sigue sin entender nada.

-Está vacía porque el único regalo que tengo es lo que siento y nunca encontraré algo con lo que pueda agradecerte lo que me has hecho sentir.


Cierra la caja con rapidez. De nuevo, las manos buscan, aunque esta vez con mas seguridad, sabiendo lo que quieren y acarician las mejillas. Un beso ansiado e inesperado surge entre el ajetreo de la gente. Solo ellos dos, los demás son simplemente sombras, almas que caminan hacia algún lugar sin rumbo cierto.
Las luces siguen brillando y cada vez más, todo se tiñe de blanco.

Feliz Navidad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Confesiones.


Una triste melodía sale de un viejo piano inundando aquella habitación. La misma en la que unas pequeñas y finas manos revolotean sobre las teclas de madera. Una canción propia rebota en las paredes amarillas. No se oye otra cosa, la melodía busca un nuevo lugar que invadir, pero termina perdiéndose a través de la ventana, abierta de par en par; deja que huya mientras el frío invernal se abre paso entre las notas.
Toca con los ojos cerrados, inundados de penas que consiguen deslizarse una a una por sus mejillas, desgarrándolas a su paso. Deja caer todo el peso de su cuerpo sobre sus pequeños y delgados dedos. Recorren cada tecla, tocan cada vez con mas fuerza, con mas pasión.
Es un día oscuro, tranquilo y lluvioso. Las gotas, impregnadas de notas y acordes, de tresillos y de silencios buscan el origen de esa canción y comienzan a entrar en la habitación.
Se equivoca, pero no le importa, sigue tocando. No aguanta más y rompe a llorar. Retira como puede esas pequeñas espadas de su  rostro ensangrentado y continua inmersa en el piano. Cada vez mas y mas fuerte. No puede oír nada mas que esa melodía, una y otra vez, rebotando entre esas cuatro paredes. Toca como si solo fueran uno.
Sus manos se paran. Quietas y frías sobre el teclado. Cualquier rastro de la melodía ha desaparecido fundiéndose con el ruido de la lluvia. El suelo está empapado. Tranquilamente se aproxima a la ventana y la cierra con delicadeza. Mira fijamente a través del cristal y ve como todo se vuelve cada vez mas gris. Apoyada en la ventana oye sonar su teléfono, sabe que es él. Sin perturbar su estado de ánimo retrocede hasta el piano. Sostiene la partitura de la canción que ella misma compuso mientras la observa detenidamente. El teléfono sigue sonando. Pequeños trozos de papel caen al suelo. Melodía rota, sin sentido.
Silencio. Solo la lluvia lo interrumpe.